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miércoles, 12 de septiembre de 2007

Acariciando fantasmas

En previas entradas vimos cómo amputar o generar miembros fantasma, para acabar esta serie propongo que los acariciemos. En teoría, no debiera poderse tocar un pie que ya no existe, un pie que ha sido amputado, pero no olvidado. Podemos aceptar que Lord Nelson sintiese todavía como suyo un brazo perdido en Santa Cruz de Tenerife, pero ¿cómo vamos a rozar físicamente el recuerdo de un pié que ya no existe? De nuevo será, V. S. Ramachandran, el director del Instituto del cerebro y la cognición de la Universidad de California, quien nos guíe en este viaje a nuestro propio cerebro. En el camino, además, conoceremos a Penfield, un hombrecillo que habita en nuestras cabezas y daremos cuenta de orgasmos sentidos con los pies.



California, años 90 del siglo XX, un paciente, con los ojos vendados y sin brazo izquierdo, está siendo tocado por el doctor Ramachandran en distintas partes de su cuerpo. Al tocarle su hombro, responde, está tocandome el hombro, al tocar la barriga, me presiona usted la barriga doctor. Hasta aquí nada extraño, pero cuando le rozan su labio superior, oh, doctor, me hace cosquillas en mi pulgar fantasma. ¿Qué tienen que ver los labios con los pulgares? ¿Por qué este paciente siente que le tocan un dedo que ya no tiene cuando le acarician los labios? Para poder desentrañar el misterio hay que hacer primero un viaje a la corteza de nuestro cerebro.


Concretamente debemos dirigirnos al gyrus postcentral. Para hacernos una idea de dónde está esta región nada maś sencillo que proveerse de un rotulador de punta gruesa y trazar una línea desde la punta de una oreja a la otra. Es aquí donde el cerebro organiza las señales que le llegan desde la piel. Cuando algo nos toca el hombro, un grupo de neuronas de esta zona se enciende para indicarlo. De hecho, no es necesario que alguien nos toque el hombro para que lo sintamos, simplemente hay que estimular el punto exacto del cerebro.


El descubridor de esta región fue Wilder Penfield, un neurocirujano canadiense que realizó numerosas operaciones con el cerebro abierto y anestesia local, similares a las que vimos en el caso de las presencias amenazantes. Al estimular distintos puntos de la corteza con una punta eléctrica los pacientes relataban estar siendo tocados en distintas partes de su cuerpo, en la cara, la lengua, los pies o las rodillas. Penfield se dio cuenta de que distintas áreas del cerebro representaban distintas partes del cuerpo. La representación de la boca y la lengua está cerca nuestras orejas reales y al ir subiendo por la cabeza nos encontramos con las manos, el tronco, el pie y los genitales. Al dibujar los brazos, las piernas y el resto de partes del cuerpo sobre las regiones que los cartografiaban en el cerebro apareció un pequeño ser humano recostado sobre la superficie de nuestro cerebro. A este individuo se le denominó homúnculo de Penfield y constituye es una representación topológicamente, más o menos correcta, de nuestro cuerpo.


En este mapa, la representación de la cara está junto a la de la mano, por eso el paciente sentía que le tocaban los dedos al acariciarle los labios. En este momento veo a una parte de los lectores señalándome con sus dedos acusadores por haber dicho una estupidez. Todo el mundo lleva un pequeño señor acostado entre sus orejas con las manos cerca de los labios, pero no por ello sentimos que nos han besado los labios cuando sólo nos besaron la mano. Es cierto, no lo hacemos, pero hay que recordar que el paciente no tenía brazo y, por lo tanto, las señales eléctricas que debían circular desde el brazo a la representación del miembro en la cabeza faltaban. Cuando una región cerebral deja de alimentarse de las señales que normalmente le llegan tiende a ser invadida por las señales de las regiones vecinas. De modo que, al tocar los labios del paciente una señal sale disparada hacia el cerebro y una vez allí además de activar la región que inerva normalmente, actúa también en la zona vecina, la correspondiente a la mano fantasma, haciendo sentir al individuo que le han rozado la mano, cuando sólo su labio ha sido estimulado.


Ramachandran cuenta que al poner hielo en la cara del paciente el dedo gordo fantasma se le enfriaba y que al dejar que una gota de agua se pasease por sus labios el paciente descubrió alarmado que la gota le subía por el brazo, desafiando la ley de la gravedad.



En el estupendo Fantasmas en el cerebro el investigador relata la llamada telefónica de un avergonzado ingeniero de Arkansas. ¿Doctor? ¿Sí?. He leído en el periódico acerca de su trabajo y me preguntaba si podía hacerle una consulta. ¿Cómo no, adelante? Hace unos meses perdí una pierna por debajo de la rodilla y ahora cada vez que realizo el acto sexual siento cosas en mi pie. No se preocupe, en el cerebro los mapas que representan los pies y los genitales están muy próximos y puede que a causa de sus accidente las señales que se originan en los genitales acaben en el mapa cerebral de los pies. Sí todo eso está muy bien, pero usted no lo entiende, ahora siento los orgasmos también a lo largo de todo el pie y son enormes

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miércoles, 29 de agosto de 2007

Jugando con nuestros fantasmas, tocándonos las narices

Cuando oímos hablar de un miembro fantasma pensamos inmediatamente en alguien que, a pesar, de haber perdido un brazo o una pierna, la sigue sintiendo como suya (más información en una entrada anterior). Durante mucho tiempo se pensó que una persona con todos sus miembros intactos no podría sentir estas alteraciones, pero el neurólogo V. S. Ramachandran, con un par de sencillos experimentos demostró que cualquiera podía alterar la representación de su cuerpo en su mente llegando a sentir que su nariz mide un metro o que una mano de goma forma parte de su cuerpo. Por suerte, para realizar estos experimentos no se necesita ningún instrumento sofisticado, simplemente la ayuda de un par de amigos, así que veamos como llevarlos a cabo.



El experimento se basa en que, a pesar de lo que nuestra intuición nos asegura, la representación que tenemos de nuestro cuerpo en nuestra mente se puede alterar fácilmente. La descripción original de los tres experimentos se encuentra en la trascripción de una conferencia impartida por el investigador y en el magnífico libro "Fantasmas en el cerebro".



Para el primer experimento se necesita un sujeto, llamémosle Adrián, y dos ayudantes, Bea y Carlos. Todo lo que Adrián debe hacer es sentarse en una silla con los ojos vendados y Bea se sentará en una segunda silla delante de él. Ambas sillas no deben estar enfrentadas sino una detrás de otra y alineadas en el mismo sentido. A continuación, Carlos, que se situará junto a ambos, debe agarrar la mano derecha de Adrián y hacer que su dedo índice toque la nariz de Bea en una secuencia de golpecitos aleatorios. Al mismo tiempo, Carlos con su mano izquierda debe dar los mismos golpecitos en la nariz de Adrián. Es muy importante que los golpes sigan una secuencia aleatoria, cuando más impredecible sea la secuencia más intensa será la ilusión, y que los toques del dedo de Adrián en la nariz de Bea y del dedo de Carlos en la nariz de Adrián sean simultáneos. Con algo de suerte a los 30 o 40 segundos Adrián sentirá que ,o bien su nariz se ha alargado hasta medir un metro, o que se le ha separado del cuerpo y que se encuentra flotando un metro más allá de su cara. El investigador probó el experimento en 18 individuos y 12 sintieron la extraña distorsión de su cuerpo.
La alucinación se basa en que el cerebro de Adrián está detectando unos golpes en su nariz y, al mismo tiempo, detecta que se está golpeando con su dedo índice una nariz. Si los toques son aleatorios e impredecibles concluye que si le están tocando la nariz y él está tocando una nariz necesariamente ambas narices deben ser la misma y deforma la representación interior que tiene de su cuerpo para que todo siga cuadrando.



Una vez conseguido que una persona sienta la nariz de otro como si fuese suya, el neurólogo decidió ir más allá, concretamente hasta una tienda de artículos de broma, y allí compró una mano de goma. En el segundo experimento se pretende conseguir que el sujeto sienta que esta mano de goma forma parte de su cuerpo. En esta ocasión, además de la mano de goma, se necesita un ayudante y una pared de cartón de 60 x 60 cm. Adrián debe sentarse junto a una mesa y debe situar su mano derecha detrás de la pared vertical de cartón, de forma que no pueda verla. La mano de goma se colocará justo delante del cartón para que quede bien visible frente a Adrián. Todo lo que debe hacer Carlos es golpear suavemente la mano de Adrián y la mano de goma en puntos equivalentes siguiendo una secuencia, que de nuevo debe ser aleatoria. Además es muy importante que Adrián no vea los movimientos de la mano de Carlos oculta tras el cartón. Si hay suerte, a los pocos segundos Adrián comenzará a sentir que la mano de goma forma parte de su propio cuerpo y que Carlos le está golpeando su mano de goma.



En el último experimento Ramachandran decidió probar si era necesario que el elemento que iba a ser integrado en la imagen mental debía, necesariamente, guardar un parecido anatómico con el miembro que se iba a sustituir. Para ello, simplemente, sustituyó la mano de goma del experimento anterior por un zapato y repitió el experimento. Por sorprendente que pueda parecer el resultado fue que el sujeto integró el zapato como parte de su propio cuerpo. Según describe el investigador incluso consiguió hacer sentir al sujeto que la propia mesa formaba parte de su cuerpo cuando escondió la mano del sujeto bajo la mesa y los golpes simultáneos se dieron en la mesa y en la mano.



Sorprende que la imagen mental que tenemos de nuestro cuerpo y que nos ha acompañado de forma estable desde la infancia se pueda alterar tan groseramente con una simple secuencia del golpes. Al parecer, esta imagen corporal es una construcción interna totalmente transitoria actualizada segundo a segundo. A pesar de que conscientemente sabemos que la nariz, el zapato o la mano de goma no pertenecen a nuestro cuerpo el procesamiento inconsciente de la información sensorial que se realiza en nuestra mente nos induce a sentir como propio algo absurdo. Tan sólo resta añadir que mientras preparo una entrada sobre como conseguir hacer a un sujeto sentir que se encuentra fuera de su propio cuerpo con un equipo de realidad virtual y unas cuantas palmaditas quedo a la espera de las noticias de algún lector temerario que quiera compartir sus experiencias.

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miércoles, 22 de agosto de 2007

Ramachandran y el extraño caso de la amputación del fantasma

Un miembro fantasma es una extremidad que se sigue sintiendo como propia a pesar de que haya sido amputada años atrás. El fenómeno no es extraño, ocurre entre el 50 y el 80% de las amputaciones. Uno puede hacerse una idea de lo que se siente con tan sólo cerrar los ojos y concentrarse en un brazo, no lo vemos pero lo sentimos y sabemos que está ahí, conocemos su posición y podemos moverlo sin problemas. Esto mismo se siente con un brazo fantasma, la única diferencia es que el equivalente real ya no existe.


En ocasiones el miembro duele y no es fácil eliminar este dolor que puede llegar a ser un problema grave e incapacitante para el paciente. A veces, por ejemplo, se puede sufrir un calambre muscular continuo y el dolor es devastador. Evidentemente, no se puede amputar el miembro porque eso ya se hizo, o al menos eso es lo podría pensarse a priori. V. S. Ramachandran, un neurólogo nacido en Madrás, cambió de opinión tras conseguir amputar un brazo fantasma con un espejo y una caja de cartón.


La historia comienza con un californiano con un brazo amputado y un terrible dolor. Su inexistente brazo sufría constantes calambres y las uñas se le clavaban con fuerza en la palma de la mano. En este caso el paciente era completamente incapaz de mover el brazo y la mano, a pesar de desearlo con todas sus fuerzas. Al parecer, la parálisis del fantasma se correspondía con una parálisis anterior del brazo real que había estado inmovilizado durantemente meses antes de ser amputado. El neurólogo pensó que la parálisis permanecía tras la amputación puesto que el cerebro del paciente la había aprendido. Diríase que su mente, tras tanto tiempo sin recibir respuesta del brazo por estar paralizado, había interiorizado que ese brazo no se podría mover nunca más.


El doctor supuso que el problema se solventaría si pudiese indicar al cerebro del paciente que el brazo fantasma podía volver a moverse, pero ¿cómo hacerlo? Si el brazo existiese se podría masajear o mover con la ayuda de rehabilitación, pero eso no se puede hacer con un brazo que sólo está en dentro de la cabeza de alguien. El truco consistió en hacer, con una caja de cartón y un espejo, un dispositivo en el que al meter una mano por un agujero parezca hay dos. Se puede ver una fotografía del mismo en el artículo original.


En la siguiente sesión el doctor indicó a paciente que debía cerrar los ojos, apretar el puño de su brazo real para clavarse las uñas, tal y como se clavaba sus uñas fantasma, introducir la mano real el la caja con el espejo y, en ese momento, abrir los ojos. ¡Dios mío, puedo moverlo! fue lo que el paciente gritó a continuación. Al parecer el cerebro al ver la mano que faltaba había adaptado el fantasma a la nueva mano del espejo. Cuando el paciente decidía conscientemente mover las manos de forma simétrica ambas obedecían y el fantasma seguía fielmente los movimientos de la mano del espejo. Tras años de calambres y dolor vieron su fin mientras usaba la caja. Por desgracia al sacar la mano real del dispositivo el dolor reapareció.


Ramachandran le dio la caja al paciente y le recetó que jugase con ella una hora al día. A la semana siguiente el paciente le llamó y le dijo que se había ido. ¿Quién se ha ido? La mano, el brazo ¿Te molesta? No, en absoluto, el único problema es que aunque la mano y el brazo han desaparecido los dedos todavía están, salen del hombro y se me clavan, ¿podría rediseñar la caja para amputármelos también? Ramachandran no pudo y todavía hay un hombre en California que se pasea con unos dedos fantasma en el hombro.


Las conclusiones del neurólogo son aun más asombrosas si cabe que el propio caso. Propone que no sólo los pacientes que sufren el síndrome del miembro fantasma tienen fantasmas, en realidad, todos los tenemos. En todos nosotros hay un fantasma que se ajusta a nuestro cuerpo real como un guante a una mano. Sólo cuando falta algún miembro aparece el síndrome porque el fantasma ya no puede ajustarse correctamente al cuerpo. Partiendo de este razonamiento Ramachandran propone métodos para alterar el fantasma en personas sanas. Para realizar estos experimentos sólo hacen falta tres personas y todo consiste en tocarse las narices con la punta de los dedos, pero todo esto será contado en otra ocasión.


Esta historia junto a otras se pueden disfrutar en el excelente podcast radiolab y en el no menos apasionante libro de Ramachandran "Fantasmas en el cerebro".


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lunes, 13 de agosto de 2007

Ver y no ver



Oliver Sacks además de ser un reputado neurólogo es un consumado escritor capaz de crear maravillas como "Despertares", "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", o "El tío Tugnsteno". Hoy les recomiendo un libro en el que describe varios casos clínicos, similar al del sombrero, "Un antropólogo en Marte". Se podría decir que en este trabajo se describen siete casos clínicos, pero esto sería una tremenda injusticia.




Sacks no es un médico que sólo vea la enfermedad, el ve pacientes, personas con una limitación que afecta a su vida seriamente. Cuando describe un caso el sujeto principal siempre es el paciente, nunca la enfermedad. Y esto no hace que la rigurosidad de la descripción del problema neurológico se resienta, sino todo contrario, el retrato de la enfermedad y los síntomas se enriquece al ser enmarcado en el entorno vital del paciente.


Para los que no hayan leído nunca un libro de Oliver Sacks voy a tratar de resumir uno de los casos descritos en el libro. Espero transmitir algo de la maravillada mirada a los mecanismos más íntimos de la mente humana, pero renuncio conscientemente a reflejar la tremenda humanidad del texto original, simplemente me reconozco incapaz de llegar allí donde Sacks se mueve con absoluta sencillez y profundidad.


En el capítulo "Ver y no ver" se reflexiona sobre el proceso de la visión a partir del caso de un hombre de cincuenta años prácticamente ciego desde la niñez debido a un problema de cataratas. Un buen día gracias a una operación realizada por un diestro oftalmólogo este señor recupera la función de los ojos, pero una vez que sus ojos vuelven a funcionar, ¿consigue él ver con normalidad? El sentido común nos dice que sí, que todo lo que se necesita para ver es un par de ojos, pero no es así. Al parecer existe un periodo crítico en el que debemos abrir los ojos y utilizarlos para familiarizarnos con ellos, si este periodo pasa no podremos aprender a ver con facilidad. Existen periodos críticos similares en otras muchas facultades humanas, como por ejemplo el oído o el lenguaje. Este último ya lo mencionamos en una entrada previa.


La alegría del paciente al recuperar la vista después de tantos años debió de ser inmensa, pero por desgracia no duró demasiado. Según describe el paciente al quitarle las vendas de la operación vio, sí, pero una mezcla de movimiento, color y luz en un remolino sin sentido. La retina funcionaba, pero el cerebro no había aprendido a interpretar lo que veía. A pesar de eso disfrutó de su nuevo mundo lleno de colores y movimientos aunque nunca llegó a entenderlo del todo. No entendía las distancias, confundía lo próximo con lo lejano, las sombras le dejaban perplejo e incluso confundía a su perro y su gato si no los tocaba. Del gato veía sus partes, las patas, la cola, las orejas, pero no veía un conjunto integrado, un gato completo.
Los ciegos viven en el tiempo, sus impresiones son secuenciales, primero una cosa y después otra. Los que vemos vivimos en el espacio, una cosa a la izquierda y otra a la derecha. La mera idea del espacio es extraña para ellos. Para esta persona las formas eran muy difíciles. Sobre todo entender que un mismo objeto tiene apariencias distintas desde distintos puntos de vista. Esto lo aprendemos siendo niños sin aparente esfuerzo, a pesar de ser un problema computacionalmente muy complejo.
Y un mayor reto todavía lo presentaban los objetos animados, como por ejemplo las expresiones faciales. Tampoco comprendía las representaciones bidimensionales de los objetos y no era capaz de reconocer a la gente en las fotografías.
En el texto se hace referencia a otros pacientes enfrentados al reto de empezar a ver siendo adultos. Muchos de ellos ante la fatiga que les produce la visión deciden volver a comportarse como ciegos y se niegan a ver. Se les exige un cambio muy grande, pasar de un mundo en el tiempo a un mundo en el espacio.


Pero en el libro no se habla solamente de este caso, este es uno más de los 7 descritos de modo que si le interesa echar un vistazo al funcionamiento del ser humano puede subirse a los hombros de este gigante y disfrutar del paisaje retratado en "Un antropólogo en Marte". Aviso a los lectores de este blog que no será esta la última vez se hable de Oliver Sacks.


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lunes, 6 de agosto de 2007

¿Se pueden borrar los recuerdos?


En el otoño de 2004 se estrenó una película, Olvídate de mí, en la que Jim Carrey decidía acudir a un servicio de borrado de memorías para que le hiciesen olvidar un amor roto. La película, que recomiendo encarecidamente, fue clasificada como de ciencia ficción. En esas mismas fechas una investigación científica llevada a cabo algo muy similar en seres humanos y demostraba que un recuerdo concreto, por ejemplo, un hecho traumático, se puede erosionar seriamente utilizando una droga. No se llegó a borrar la memoria, pero sí se consiguió deteriorarla eliminando el trauma asociado a la misma.





Este trabajo comenzó investigando los recuerdos traumáticos en las ratas. ¿Pero cómo se hace esto, se le pregunta por su infancia al animal? El truco está en crear una memoria sencilla que genere en la rata un comportamiento fácilmente detectable. Lo que se hace en la práctica es introducir a la rata en una caja capaz de darle descargas eléctricas y hacer que antes de cada descarga suene un determinado sonido. Cuando esto se repite unas pocas veces el animal queda condicionado y cada vez que oye el sonido se paraliza ante la expectativa de recibir otra descarga. Exactamente lo mismo que le sucede al protagonista de La naranja mecánica con la novena sinfonía de Beethoven.


La cuestión es, ¿una vez creada una memoria se puede borrar? Al parecer sí se puede, o al menos se puede en parte. Para conseguirlo pusieron a la rata en la caja y mientras volvía a oír el sonido asociado a la descarga se le administró propanolol, una droga utilizada normalmente para tratar la hipertensión. Después de esto la rata dejó de quedar paralizada al oír la señal y además el efecto fue duradero y persistió incluso aunque la droga ya no estuviese presente. Se podría pensar que la droga dañó irreparablemente el sistema nervioso de la rata y que no fue este el único recuerdo alterado. Para descartar esta posibilidad se repitió el experimento en una nueva rata con dos sonidos distintos, ambos se asociaron a la descarga eléctrica y ambos aterrorizaban a la rata por igual. Pero cuando se suministró la droga del olvido a la rata sólo uno estaba sonando. A partir de ese momento ese sonido concreto dejo de alterar al animal, pero el otro siguió teniendo el mismo efecto. Al parecer no sólo se pueden borrar recuerdos en la rata sino que se puede eliminar uno particular con precisión quirúrgica.



Si esto es sorprendente esperen a descubrir cual es el mecanismo de acción propuesto. Tenemos la impresión de que los recuerdos entran en nuestra cabeza y quedan depositadon en una biblioteca hasta que los necesitamos. Cuando queremos recuperarlos de algún modo se extrae una copia del capítulo en cuestión y se revisa. Esta descripción puede parecer razonable, pero está profundamente equivocada. Cuando recordamos algo no revisamos lo que dejamos escrito tiempo atrás. En realidad no hay biblioteca, cuando recordamos volvemos a experimentar lo que sentimos cuando almacenamos el recuerdo, volvemos a vivir lo que sucedió en una especie de realidad virtual y al hacerlo recreamos el recuerdo de nuevo. Pero este nuevo recuerdo no es igual al anterior, simplemente se basa en él puesto que se crear a partir de la reconstrucción virtual. Cada vez que rememoramos algo lo alteramos, sólo los recuerdos que no traemos a la mente se mantienen intactos. Además cuanto más significativo es un recuerdo para nosotros y más veces lo regeneramos más alterado queda con el paso del tiempo porque más veces se recrea.


El propanolol, la droga utilizada en el experimento tiene su acción alterando este proceso de regeneración del recuerdo. Cuando la rata escucha el sonido recuerda lo que hay asociado a él introduciéndose en una realidad virtual desagradable. En este preciso instante esa precisa memoria es vulnerable porque está siendo regenerada y la droga es capaz de socabar este proceso de recreación. De este modo el propanolol consigue que, a partir de este momento, la rata deje de estar perseguida por ese recuerdo. Por supuesto esto podría ser muy útil en los seres humanos, por ejemplo, en los casos de estrés post-traumático en los que los pacientes sufren las consecuencias de un hecho aterrador. La prueba se ha hecho y ha funcionado. Se ha probado con víctimas de esta afección, administrándoles el propanolol mientras recordaban sus pesadillas. Al parecer, en estos casos la memoria del episodio no ha desaparecido, pero el trauma emocional asociado al mismo sí. Parece ser que no podemos borrar los recuerdos, al menos de momento, pero podemos hacer que no nos importen. Si esto les ha parecido tentador a la vez que inquietante, pueden seguir profundizando en el tema escuchando el episodio dedicado a la memoria del excelente programa Radio Lab de la Radio Pública de Nueva York, en el que además de contar como se borran las memorias verdaderas se explica como inducir recuerdos falsos.


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jueves, 26 de julio de 2007

Súper Ratón, la hormiga atómica y demás descerebrados



¿Un ratón que se enfrenta a los gatos abiertamente? ¿Una hormiga que quiere llegar al cielo? Puede que cuando niños nos los presentasen como héroes, pero si lo pensamos seriamente no tendremos más remedio que admitir que los pobres estaban un poco chiflados. Admito a pesar de todo siento una punzada de nostalgia y culpa acusándolos de no estar en sus cabales, pero debo rendirme a la evidencia, una ratón que desafía a un gato no es un ratón que valore su pellejo. En su descargo, eso sí, reconozco que la culpa no es suya sino de dos malignos y microscópicos demonios llamados Dicrocoelium lanceolatum y Toxoplasma gondii.



Revisemos primero el caso de la Hormiga atómica. Su maldición, D. lanceolatum, es un gusano parasitario, una duela, con un complejo ciclo vital en el que parasita sucesivamente cabras y ovejas, caracoles y hormigas. Si empezamos el viaje en el interior de la oveja y lo primero que hace el gusanito es salir de su huésped utilizando una cápsula caliente y confortable, las heces. Claro está el confort hay que evaluarlo desde el punto de vista de un gusano parasitario. Una vez en el suelo simplemente espera a que aparezca un despistado caracol y se lo coma. Tras sufrir una metamorfosis en el interior del caracol, este lo excreta y el bicho acaba en el suelo en forma de una bola mucosa.


El problema que se le plantea al gusano es cómo ir del suelo a la boca de las ovejas y las cabras para volver a iniciar el suelo. Una opción habría sido desarrollar patas y saltar hasta caer en la boca de una oveja aburrida y despistada. Pero no queriendo traicionar su condición de gusano creando unas patas decidió una estrategia mucho más despiadada, introducirse en una hormiga, ir a su sistema nervioso y convertirla en una hormiga atómica deseosa de alcanzar el cielo. De modo que, una vez que la hormiga se come la bola mucosa, recubierta de atractivas feromonas, en la que se encontraba el parásito se encuentra con un gusano que se arrastra trabajosamente por su interior hasta llegar a un ganglio nervioso situado cerca del esófago. Es en ese momento cuando el gusano convierte a nuestra humilde hormiga en amante de las alturas y la incita a subirse a lo más alto de una hierba. Una vez ahí la hormiga se aferra a la punta de la hoja más alta con sus mandíbulas y espera a que una oveja se la coma junto al resto de la hierba. El dichoso D. lanceolatum es lo suficientemente maquiavélico como para suspender este comportamiento durante las horas más cálidas porque si su huésped muriese deshidratada él moriría con ella. Así que cuando pega el Sol el gusano deja que la hormiga abandone su atalaya y baje a refrescarse en la sombra. Eso sí, cuando el calor se amortigua algo en las entrañas le dirá a la hormiga que se ponga unas mayas y un casco e intente volar saltando desde lo alto de la hierba más alta.




El caso de Super Ratón es similar. El culpable en esta ocasión es Toxoplasma gondii un protozoo parásito que vive en los gatos y que utiliza a los ratones en parte de su ciclo vital. De nuevo el parásito abandona al huésped, en este caso al gato, utilizando las heces. Cuando un ratón o una persona come hierbas que no han sido convenientemente lavadas, lo cual los ratones tienen la mala costumbre de hacer habitualmente, ingieren al parásito. Una vez dentro del ratón T. gondii explota la mejor estrategia de vuelta al interior del gato, crear un Súper Ratón temerario. Este ratón convencido de que a él no le puede pasar nada porque es fuerte como un hombre de acero acabará rápidamente en el estómago de un nuevo gato y este gato quedará infectado por el parásito repitiendo el ciclo una vez más.


Ya hemos comentado que T. gondii también infecta a los seres humanos. En nosotros además de ser el responsable de una enfermedad bastante seria, la toxoplamosis tiene efectos más sutiles. La infección con este parásito se ha relacionado con un aumento en la tasa de nacimiento de niños, elevando la probabilidad de tener un niño desde 0.51 a 0.65. Al parecer en los humanos también es capaz de alterar el comportamiento. Se ha visto una correlación entre las infecciones latentes de Toxoplasma y los comportamientos de riesgo, los sentimientos de inseguridad y el neuroticismo. Estas relaciones entre la infección y el comportamiento humano todavía están siendo investigadas y no hay suficientes datos como para estar seguros de que este bichito pueda alterar nuestra conducta, pero la próxima vez que vea a alguien hacer puenting me preguntaré quién está saltando realmente.

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jueves, 19 de julio de 2007

¿Hay alguien ahí? Como funcionan algunos fantasmas



¿Quien no ha tenido la seguridad de estar siendo observado en la noche y tras reunir el coraje suficiente como para darse la vuelta y enfrentarse al intruso cara a cara se ha dado cuenta de que no había nadie? Podemos suponer que habrá sido el sonido de las hojas arrastradas por el viento o las sombras de la noche las que nos ha hecho estar seguros de tener alguien en la espalda hasta el punto de casi llegar a sentir su aliento y el sonido de los pasos. Pero el responsable no era el viento ni las sombras sino una mundana sobrecarga eléctrica en la corteza parieto-temporal, una zona del cerebro situada más o menos a la altura de la punta de las orejas.


La conclusión que se desprende del estudio publicado en la revista Nature y se basa en lo que una paciente relató al estimulársele la región parieto-temporal durante una operación cerebral. La chica dijo que había un individuo justo detrás de ella. Describió al intruso como un joven de sexo indeterminado, una sombra que ni se movía ni hablaba, situada muy cerca, detrás de ella. Supongo que la sensación que debió experimentar debe ser similar a la que sentimos cuando, por la noche, atravesamos un corredor sombrío y nos parece que alguien nos sigue. A veces la presencia es tan real que nos obliga a detenernos para comprobar si se oyen otros pasos superpuestos a los nuestros. En el caso de esta paciente la sombra también se movía tras ella, de hecho se movía imitando exactamente sus movimientos.

Estas presencias se han descrito también en pacientes psiquiátricos y neurológicos. Al parecer lo que sucede es que la estimulación de esta área cerebral hace que la mente sea engañada y considere algunas señales internas generadas por nuestro propio cuerpo y cerebro como recibidas desde el exterior. Esto es bastante típico en la esquizofrenia. Los paciente esquizofrénicos con sobre-excitación en la región cerebral señalada suelen atribuir sus propias acciones y pensamientos a terceras personas que en realidad no existen más que en su cabeza. Los autores del estudio sugieren que este mecanismo puede estar también relacionado con la paranoia, la manía persecutoria y la ilusión de estar controlado por otro.
Que el mecanismo haya sido desentrañado no significa que las sensaciones sean menos reales para quien las sufre. La paciente no pudo reconocer a la presencia que había tras ella como una ilusión a pesar de que sabía que le estaban toqueteando el cerebro y que debía resultar extraño tener a alguien tras de ti imitándote en todo cuando estás en una mesa de operaciones con la cabeza abierta y electrodos en tu cerebro.


Si las conclusiones de esta investigación pueden poner los pelos de punta la metodología es casi más terrorífica. La observación hizo estimulando esta región de la corteza cerebral con una punta capaz de generar descargas eléctricas. ¿Y cómo se puede tener acceso al tejido cerebral? Con una sierra radial y buen pulso. La operación realizada para tratar a una paciente con epilepsia grave consiste en abrirle la tapa de los sesos y urgar con la punta eléctrica. La estimulación eléctrica se realiza estando la paciente despierta (y con la tapa de los sesos abierta). Al parecer que te toquen el cerebro directamente no hace daño, lo que no tengo tan claro es que no haga daño el asunto de la sierra.

Lo de la estimulación eléctrica con el paciente despierto es una técnica habitual en este tipo de operaciones y se hace sobre todo para estudiar la región a tratar. Antes de cortar nada se le excita al paciente la zona en cuestión y se le pregunta que siente, si se advierte que la zona es demasiado importante procura evitar el causarle daño alguno. Por ejemplo si se tiene que operar cerca de una de las áreas del lenguaje se va tocando hasta que el paciente se queda mudo y una vez localizado el punto exacto se intenta no dañarlo demasiado.


De modo que la próxima vez que deambule por una calle solitaria y oscura recuerde no se preocuparse por el maníaco que le persigue, seguramente todo está en su cabeza y es una broma de esta pequeña zona situada junto a la punta de sus orejas. Eso sí, si ya le ve de los ojos febriles y el brillo del arma, corra, no vaya a ser que haya algo real ahí fuera, frente a sus ojos.

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sábado, 23 de junio de 2007

Altruismo y neuronas



Puede que alguna vez se haya preguntado si cuando la gente da algo a una buena causa lo hace porque ayudar a los demás o por obtener un reconocimiento social. Esta duda es lugar común y alimenta interminables y acaloradas discusiones de sobremesa. La conclusión a la que debe haber llegado después de embarcarse en estas ociosas tertulias es que la cuestión quedará para siempre sin resolver, tal y como ya quedó el asunto del sexo de los ángeles. Pues nada más lejos de la realidad, sí se puede saber porqué estamos dispuestos a dar dinero para ayudar a los demás, y no solo eso, los motivos pueden incluso fotografiarse. Si ahora piensa que los impulsos que nos guían no se pueden fotografiar está profundamente equivocado.

Pero, empecemos por el principio. Todo esto esto viene a colación por un estudio publicado en la revista Science en su número del 15 de Junio de 2007 . El trabajo se centra en un experimento en el que a 19 sujetos se les da dinero, se les quita mediante impuestos o se les condece la oportunidad de donarlo. En los dos últimos casos el destino de la ganancia no está en el bolsillo del sujeto sino en una organización benéfica que lucha por el bien común. La novedad del asunto estriba en que estos secillos intercambios económicos se llevan a cabo en el interior de un equipo de resonancia magnética fucional. Esta máquina es capaz de fotografiar los pensamientos o al menos los lugares en los que estos pensamientos están teniendo lugar.
Cuando usted se concentra en una actividad intelectual e incluso cuando está viendo la televisión su cerebro trabaja sin descanso. Dependiendo del problema a resolver distintas áreas del cerebro tienden a activarse. Por ejemplo cuando está hambriento y consigue incarle el diente a un apetitoso helado varios núcleos cerebrales se activan y es esa activación la que le produce el estado de bienestar asociado al helado. Uno de los núcleos más importantes a este respecto es el nucleo accumbens. Este pedacito de gelatina localizado en el centro de su cerebro se activa, por ejemplo, cuando usted bebe, come u observa el cuerpo del un notable miembro del sexo opuesto. Es decir, que cualquier cosa que nos da placer activa este núcleo, o mejor deberíamos decir que las cosas que nos dan placer lo hacen porque activan este núcleo.
¿Y que tiene que ver todo esto con el cochino dinero? Pues que al parecer el dinero es tan cochino como el jamón de jabugo y tanto el primero como el segundo tienen la capacidad de activar la dichosa palanca del placer. Cuando usted saborea el jamón las neuronas del accumbens comienzan a activarse sin cesar y lo mismo hacen cuando el cochino dinero va a parar a su bolsillo. Es decir que tanto el uno como el otro son capaces de activar el núcleo accumbens y mediante ese mecanismo nos causan una sensación placentera. ¿Podemos detectar esa activación neuronal? Sí, la resonancia magnética funcional es capaz de detectar el incremento en el consumo de oxígeno que se produce al activarse las neuronas más de lo normal. Es decir, si le damos a alguien un buen bocadillo de jamón y estudiamos su patrón de actividad neuronal mediante resonancia magnética funcional observaremos el placer que eso le provoca como una mancha de activación neuronal en el accumbens.
Y este es el sistema que se ha utilizado para decidir si somos genuínamente altruístas o si por el contrario lo que nos gusta es dar dinero para que la gente sepa lo buenos que somos. ¿Nos alegra contribuir al bien común o somos generosos simplemente para obtener a cambio reconocimiento social? Recordemos que en el segundo párrafo habíamos dejado a 19 individuos realizando diversas transacciones económicas. ¿Que pasaba por sus cabezas cuando se les daba dinero y cuando lo donaban a causas benéficas? Lo primero que se ha verificado una vez más es que cuando a alguien se le da dinero el núcleo accumbens y otras regiones relacionadas con el placer se activan. Ya hemos dicho que esto no es sorprendente, nos gusta que nos den dinero, pero sirve como control. ¿Se activa la región cuando a los sujetos se les exige un pago para contribuir a una causa solidaria? La respuesta es sí. Al parecer sí somos genuínamente solidarios, nos gusta ayudar a los demás aunque sea a costa de nuestro beneficio. Los individuos que contribuyen a al bien común experimentan una sensación placentera.
Ahora bien, esto no es todo. No todos los sujetos sufren la misma activación, los hay más y menos altruistas. Los que presentan más actividad en el accumbens dan el doble de dinero que los egoistas que no sienten tanto bienestar al pagar el impuesto para la mejora social.
¿Afecta que los demás sepan lo buenos que somos? Sí, afecta. Cuando el dinero se da de forma voluntaria, es decir no se les quitaba a los sujetos sin más como en el caso anterior, sino que se les daba la opción de dar o no dar la activación era mayor. Sentimos más bienestar si contribuimos al bien común de forma voluntaria. Nos gusta que a los demás les vaya bien, pero nos gusta más todavía si nos queda claro que les va bien gracias a nosotros.
No es que el resultado del experimento económico me sorprenda muchísimo, pero me maravilla que este tipo de preguntas obtengan respuesta, que podamos saber que siente la gente, que hayamos encontrado la región cerebral responsable del placer, que podamos cuantificar el bienestar que alguien siente haciéndole una fotografía a su cerebro. Nunca sabremos cual es el sexo de los ángeles, pero a pesar de lo que pensamos en un principio sí podemos ver que le pasa por la cabeza a alguien que se comporta de forma altruísta.

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